Aunque las cifras oficiales de migración irregular muestran una caída histórica en 2025, la realidad en los albergues es otra, las personas migrantes y refugiadas permanecen más tiempo, enfrentan mayor incertidumbre y requieren una atención humanitaria más compleja y prolongada.
Entre enero y septiembre de 2025, México registró 135,224 eventos de personas en situación migratoria irregular, una reducción de 87% respecto al mismo periodo de 2024, cuando se contabilizaron más de un millón de eventos. Desde abril, los registros mensuales se estabilizaron alrededor de los 5,000 eventos, y septiembre cerró con 4,839, uno de los niveles más bajos observados desde 2020.
A simple vista, las cifras podrían interpretarse como una “mejoría” del fenómeno migratorio. Sin embargo, para quienes trabajan día a día en la atención humanitaria, esta reducción no significa menos personas ni menos necesidades. Significa, sobre todo, más espera.
La parálisis migratoria: menos movimiento, más vulnerabilidad
En el ámbito humanitario comienza a consolidarse un concepto clave para entender el momento actual, la parálisis migratoria. No se trata de que la migración haya desaparecido, sino de que los flujos se han ralentizado y fragmentado. Las personas migrantes ya no avanzan con la misma rapidez hacia su destino ni regresan con facilidad a sus países de origen. Quedan detenidas en puntos intermedios, especialmente en ciudades mexicanas, atrapadas entre procesos administrativos lentos, cambios constantes en las políticas migratorias y un contexto regional cada vez más restrictivo.
Según el boletín de la OIM, recientemente publicado, se muestra indicios claros de este fenómeno. Por un lado, disminuyen los eventos de irregularidad; por otro, no desaparecen las personas migrantes, sino que se prolonga su permanencia en el país. A ello se suma la reducción, aunque todavía significativa, en la emisión de documentos de regularización, entre enero y julio de 2025 se otorgaron poco más de 100 mil documentos de estancia regular, un 22% menos que en el mismo periodo de 2024.
Para miles de personas, esto se traduce en meses, a veces más de un año de espera, espera de una cita, de una resolución, de una respuesta a una solicitud de asilo, de la posibilidad de avanzar o de integrarse de manera estable. La espera, en contextos de movilidad humana, no es neutra, desgasta física y emocionalmente, incrementa la exposición a riesgos y profundiza la precariedad.
Albergues ocupados, aunque los números bajen
Esta paradoja es evidente en los albergues y centros de atención humanitaria, los espacios no se vacían, por el contrario, cambian su dinámica. Antes, muchos albergues estaban diseñados para una atención de corto plazo, unos días de descanso, alimentación básica, orientación inicial y continuidad del camino. Hoy, la realidad exige estancias más largas, acompañamientos más complejos y una atención integral sostenida en el tiempo.
La Red de Casas del Migrante Scalabrini, acompañados por Fundación Scalabrini de México, este cambio se vive de manera cotidiana. Las personas migrantes y refugiadas ya no solo llegan de paso, se quedan, porque no pueden avanzar ni regresar. Esto implica una presión constante sobre los recursos, el personal y las capacidades de atención.
La población atendida sigue siendo diversa. Según el boletín de OIM, las personas venezolanas representan el 24% de los eventos de irregularidad en México durante 2025, seguidas por Colombia y Honduras (8% cada una), y por Cuba, Ecuador y El Salvador (7% cada uno). A estos perfiles se suman familias con niñas y niños, personas solicitantes de asilo, mujeres embarazadas y personas con enfermedades crónicas o afectaciones de salud mental derivadas del desplazamiento forzado.
Salud: atender el desgaste de la espera
La prolongación de la estancia tiene un impacto directo en la salud física, problemas que podrían resolverse con atención básica se agravan con el tiempo, infecciones respiratorias, padecimientos gastrointestinales, enfermedades crónicas sin seguimiento, dolores musculares derivados de trabajos informales y condiciones de vida precarias.
En este contexto, la Red de Casas del Migrante Scalabrini han tenido que fortalecer sus servicios de salud, tanto preventiva como de primer nivel, y establecer redes de referencia para casos que requieren atención especializada. La parálisis migratoria implica que la salud deje de ser una intervención puntual y se convierta en un acompañamiento continuo, con mayores costos y mayores desafíos logísticos.
Salud mental y acompañamiento psicosocial: la herida invisible
Si el cuerpo se desgasta con la espera, la mente lo hace aún más rápido. La incertidumbre prolongada genera ansiedad, depresión, insomnio y sentimientos de desesperanza. Muchas personas llegan con traumas previos, violencia, persecución, duelo, separación familiar, que se reactivan y profundizan cuando el proyecto migratorio queda suspendido.
El acompañamiento psicosocial se ha vuelto una de las áreas más críticas del trabajo humanitario. Ya no basta con una escucha inicial, se requieren procesos más largos, espacios seguros para niñas, niños y adolescentes, y estrategias de contención emocional para personas adultas que sienten que su vida está “en pausa”.
Para el personal y voluntarios, esto implica una carga emocional adicional y la necesidad de contar con personal más capacitado, voluntariado especializado y alianzas con organizaciones de salud. La parálisis migratoria no solo inmoviliza cuerpos, inmoviliza proyectos de vida, y eso deja huellas profundas.
Niñez migrante: crecer en la espera
Uno de los impactos más delicados de este contexto es el que viven las niñas y los niños migrantes, la estancia prolongada significa interrupciones educativas, falta de rutinas estables y exposición constante al estrés de los adultos que les rodean. Aunque las cifras globales bajen, la niñez sigue presente en los albergues, y su permanencia se alarga.
Garantizar espacios seguros, actividades educativas y recreativas, y una atención diferenciada se vuelve fundamental para evitar daños a largo plazo. En muchos casos, los albergues asumen funciones que van más allá de la emergencia, sostener la infancia en medio de la incertidumbre.
Protección y asesoría legal: más tiempo, más complejidad
La reducción de eventos de irregularidad no ha simplificado los procesos legales. Al contrario, los ha vuelto más largos y complejos, solicitudes de asilo que tardan meses, trámites migratorios que se detienen o se reinician, cambios en criterios administrativos y desinformación constante generan un entorno de alta vulnerabilidad.
Los servicios de asesoría y orientación legal son hoy un pilar central del trabajo en la Red de Casas del Migrante Scalabrini. La parálisis migratoria implica acompañar procesos extensos, explicar escenarios cambiantes y, muchas veces, sostener la frustración de personas que cumplen requisitos pero no reciben respuestas oportunas.
El contexto regional: menos cruces, más retornos, más presión local
El boletín de la OIM también muestra una caída drástica en los encuentros en la frontera sur de Estados Unidos, 147,139 entre enero y septiembre de 2025, un 89% menos que en 2024. Sin embargo, esto no elimina la presión sobre México. Muchas personas quedan varadas antes de llegar a la frontera, y otras son devueltas.
México registró 112,260 eventos de devolución de personas mexicanas desde Estados Unidos en el mismo periodo, con una recepción concentrada en estados como Tamaulipas, Sonora, Baja California, Chihuahua y Tabasco. Estos retornos, sumados a la población migrante internacional en espera, generan una sobrecarga silenciosa en las comunidades locales y en los espacios de atención humanitaria.
Los albergues como infraestructura humanitaria esencial
En este escenario, los albergues dejan de ser espacios de paso y se consolidan como infraestructura humanitaria esencial. No solo ofrecen techo y comida; sostienen la vida cotidiana de personas que no tienen otro lugar donde esperar con dignidad.
El trabajo de la Red de Casas del Migrante Scalabrini se inscribe en esta lógica, hospitalidad, protección y acompañamiento integral, incluso cuando las cifras oficiales parecen indicar una “normalización” del fenómeno migratorio. La realidad es que la migración no se ha resuelto; se ha detenido a medias, trasladando el peso de la crisis a quienes esperan.
Un llamado necesario
La lectura aislada de las estadísticas puede llevar a conclusiones engañosas. Menos registros no equivalen a menos sufrimiento. La parálisis migratoria exige más recursos, más tiempo y más compromiso, no menos.
Desde Fundación Scalabrini, el llamado es claro, sostener y fortalecer el apoyo a los albergues y centros comunitarios es hoy más urgente que nunca. La hospitalidad, la atención en salud, la protección de la niñez, la asesoría legal y el acompañamiento psicosocial no pueden reducirse al ritmo de las cifras. Porque mientras los números bajan, la espera continúa, y con ella, la necesidad de una respuesta humanitaria firme, humana y constante.