La niña no sabe exactamente dónde está.
Su mamá dice que es venezolana.
Su acta de nacimiento dice que nació en Colombia.
Ahora duerme en un albergue en México.
Tiene seis años y, cuando le preguntan de dónde viene, responde con lo único que tiene claro: “vengo con mi mamá”.
Historias como la suya se repiten con frecuencia en las casas del migrante en México. No son excepcionales, son cada vez más comunes. Familias que han cruzó varios países, que han reconstruido su vida una y otra vez, y cuyos hijos han nacido en el camino, en territorios distintos al de sus padres. Esa movilidad, que para los adultos implica decisiones difíciles, para la niñez se traduce en algo más complejo: una identidad fragmentada.
Una infancia que no encaja en las categorías del Estado.
En los documentos oficiales, todo parece claro: cada persona tiene una nacionalidad, un registro, un lugar de origen. Pero la realidad migratoria ha desbordado esas categorías.
Hoy, en México, es frecuente encontrar niñas y niños hijos de padres venezolanos nacidos en Colombia, Ecuador o Perú; o menores centroamericanos nacidos en México durante el tránsito; o incluso niños que nunca fueron registrados formalmente en ningún país. Esto genera una tensión constante entre la realidad de la vida y la rigidez de los sistemas legales.
El problema no es solo administrativo. Es estructural.
Porque el derecho a la identidad, reconocido por organismos como UNICEF y el propio Estado mexicano, no es un trámite más. Es el derecho que permite ejercer todos los demás. Sin identidad legal, una niña o un niño queda en una especie de invisibilidad jurídica: no puede acceder plenamente a servicios de salud, educación o protección.
Derechos universales, cumplimiento desigual
En el papel, México reconoce que todas las niñas, niños y adolescentes, sin importa su situación migratoria, tienen derechos plenos. Esto incluye el acceso a educación, salud, protección contra la violencia, unidad familiar y, especialmente, el derecho a la identidad.
Sin embargo, la distancia entre la ley y la práctica sigue siendo profunda.
El propio enfoque internacional señala que la niñez migrante debe ser tratada bajo el principio del interés superior del niño, es decir, que cualquier decisión que les afecte debe priorizar su bienestar por encima de consideraciones administrativas o migratorias. Pero en la realidad, los procesos burocráticos, la falta de coordinación entre países y la saturación institucional terminan colocando a estos niños en una zona de incertidumbre prolongado.
El problema de nacer en tránsito
En las casas del migrante, este fenómeno tiene nombre propio, aunque no siempre se diga así: “niños en tránsito permanente”.
Son menores cuya historia no comienza en el país de sus padres ni se estabilizarse en el país donde están. Su identidad legal depende de documentos que muchas veces no existen, se perdieron o nunca se tramitaron.
Regularizar su situación implica recorrer caminos complejos: acudir a consulados, validar documentos extranjeros, comprobar vínculos familiares, enfrentar costos que las familias no pueden cubrir y, en muchos casos, lidiar con la falta de respuesta institucional.
Mientras tanto, la infancia sigue avanzando. Los niños crecen, cambian de país, de escuela, de idioma, pero sus documentos no avanzan al mismo ritmo.
Una realidad que la historia migratoria ya anticipaba
La tradición scalabriniana, que ha acompañado los procesos migratorios desde finales del siglo XIX, ya advertía que la migración debía ser atendida de manera integral. No solo en el momento de llegada, sino en todo el proceso: desde la salida hasta la integración en el nuevo entorno.
Esta no visión era solo pastoral, sino profundamente social. Scalabrini insistía en que la migración implicaba defender los derechos fundamentales de las personas, especialmente de quienes quedaban en situación de mayor vulnerabilidad. Entre ellos, los niños.
Además, desde sus inicios, la misión scalabriniana entendió que la atención debía incluir dimensiones concretas: educación, salud, protección y acompañamiento, reconociendo que la migración no es un evento aislado, sino un proceso que transforma toda la vida de las personas.
Las casas del migrante: un intento de reconstruir lo básico
En este contexto, las casas del migrante funcionan como espacios de contención en medio del tránsito. No resolverán todos los problemas estructurales, pero ofrecen algo fundamental: la estabilidad temporal.
Ahí, las niñas y niños encuentran un lugar donde dormir sin miedo, comer Regularmente y, en algunos casos, volver a jugar. Puede parecer mínimo, pero en contextos de movilidad constante, recuperar la rutina es una forma de reconstruir la infancia.
También es ahí donde se hace más visible la complejidad de las identidades. Equipos de trabajo social y jurídico intentan acompañar procesos de regularización, pero se enfrenta a sistemas que no están diseñados para realidades transnacionales.
Fundación Scalabrini: acompañar lo que el sistema no alcanza
En México, la Fundación Scalabrini trabaja con estas realidades todos los días. Su trabajo no se centra únicamente en la asistencia inmediata, sino en un acompañamiento integral que reconoce la complejidad de la movilidad humana.
En el caso de la niñez, esto implica no solo cubrir necesidades básicas, sino generar espacios donde puedan desarrollarse emocionalmente. Actividades recreativas, atención a la salud, acompañamiento familiar y, cuando es posible, orientación en procesos legales forman parte de este trabajo.
Pero hay algo que no se puede medir fácilmente: el momento en que un niño deja de sentirte en tránsito, aunque sea por unas horas.
La migración como experiencia que redefine la infancia
La migración no solo cambia el lugar donde se vive. Cambia la manera en que se crece.
Las niñas y niños migrantes desarrollan capacidades de adaptación. sorprendentes, pero también enfrentan pérdidas constantes: amistades, entornos, estabilidad. La escuela se interrumpe, los vínculos se fragmentan y la sensación de pertenencias se diluye.
Aun así, la infancia persiste.
Y eso es lo que hace más urgente garantizar sus derechos.
Un reto que supera fronteras
El problema de la identidad de la niñez migrante no puede resolverse desde un solo país. Requiere coordinación internacional, simplificación de procesos y, sobre todo, voluntad política.
Pero también requiere un cambio de enfoque.
Dejar de ver a estos niños como “casos migratorios” y empezar a verlos como lo que son: niñas y niños en pleno desarrollo, con derechos que no deberían depende de su lugar de nacimiento o de tránsito.
Volver a mirar: del tránsito a la dignidad
En una de las reflexiones recogidas en la tradición scalabriniana, se afirma que la migración puede ser también un espacio de encuentro humano, donde se reconstruyen relaciones y se reafirma la dignidad de las personas.
Esa idea, que puede parecer abstracta, se vuelve concreta en espacios como las casas del migrante.
Ahí, en medio de historias complejas, la infancia aparece de nuevo: en un juego, en una risa, en una conversación.
Una infancia que no debería esperar
Celebrar el Día del Niño en México implica reconocer esta realidad.
Porque hay niñas y niños que no tienen claro de qué país son, pero sí saben lo que necesitan: seguridad, cuidado, estabilidad, reconocimiento.
Y esos no son privilegios.
Son derechos.