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Jubileo de Migrantes y Jubileo de Ecología

Comunicados 7 min de lectura Mons. Francisco Javier Acero, OAR

Fotografía de grupo en el jubileo: cientos de personas migrantes con banderas de sus países junto a obispos y sacerdotes en el altar de una iglesia
Fotografía de grupo en el jubileo: cientos de personas migrantes con banderas de sus países junto a obispos y sacerdotes en el altar de una iglesia

Homilía del Jubileo de los Migrantes y de la Ecología.

Hoy, en este jubileo "Migrantes, misioneros de la esperanza" y de la ecología, nos unimos a todas las Iglesias de México llamadas en este día a orar por quienes sufren la movilidad humana por causa del cambio climático, la inseguridad y la falta de una sana democracia en diversas partes del mundo y, en especial, en nuestra región latinoamericana.

El papa León XIV nos recuerda que

ante las teorías de devastación global y escenarios aterradores, es importante que crezca en el corazón de la mayoría el deseo de esperar un futuro de dignidad y paz para todos los seres humanos. Ese futuro es parte esencial del proyecto de Dios para la humanidad y el resto de la creación.

(Mensaje de la 111.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2025).

La esperanza de los exiliados

La primera lectura, del profeta Baruc, se enfoca en su mensaje de esperanza para los judíos exiliados, la advertencia contra la idolatría y la promesa de restauración y gloria divina, contrastando la vanidad de los ídolos con la verdadera sabiduría y salvación de Dios.

Hemos escuchado: "Tengan ánimo, hijos míos, e invoquen al Señor, porque el que les envió estas desgracias se acordará de ustedes". El profeta nos recuerda que vivir según la Ley de Dios no consiste en practicar un amasijo de normas confusas; implica una vivencia coherente con el contenido de los Diez Mandamientos, empezando por el amor al prójimo.

Hoy, el evangelio de Lucas nos muestra a unos apóstoles sorprendidos por lo que Dios hace por medio de ellos; entre otras cosas, sanar a tanta gente herida. Y, hermanos, hoy necesitamos no perder esa capacidad de sorpresa, porque ahí está presente nuestra esperanza.

La oración de Jesús en el evangelio es un grito espontáneo de admiración y agradecimiento al Padre "porque ha escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las ha revelado a la gente sencilla".

El Dios de los humildes

El Padre se revela a Jesús como el Dios de los humildes, mientras fariseos y sumos sacerdotes rechazan al Señor y su mensaje. Solo la "gente sencilla" y esta comunión con los hambrientos, deprimidos, pecadores, enfermos y olvidados de la sociedad acogen el Evangelio, preocupándose del bien de los otros, y se entregan de lleno a la causa del Reino de Dios.

No se confronta aquí ignorancia y sabiduría, ni se presupone que la ignorancia sea una virtud y la sabiduría un vicio. El inteligente no es necesariamente orgulloso, ni el ignorante es siempre humilde. Las preferencias de Dios no vienen de condiciones morales o religiosas, sino de la situación humana que viven "los cansados y agobiados", es decir, los excluidos de la tierra: quienes viven en situación de pobreza y vulnerabilidad, como nuestros hermanos migrantes y refugiados.

El rabino de los tiempos de Jesús decía que un hombre ignorante y marginado no podía ser piadoso. Sin embargo, Jesús se expresa de tal manera que los pobres, los analfabetos, las víctimas de violencia, los migrantes, los refugiados y quienes sufren las consecuencias del cambio climático le entienden y le siguen esperanzados.

Muchos de nuestros fieles sencillos y humildes han comprendido que al hermano migrante y refugiado se le acoge como hermano, se le promueve desde su dignidad y se le integra con toda su familia a la sociedad.

San Agustín recordaba en uno de sus sermones lo siguiente:

He aquí que, con el favor de Dios, estamos en el invierno. Pensad en los pobres, en cómo vestir a Cristo desnudo (…). Cada uno de vosotros espera recibir a Cristo sentado en el Cielo; vedle yaciendo en un portal; vedle pasando hambre, frío; vedle pobre, inmigrante (peregrinum).

(s. 25, 8). En nuestra condición de migrantes-peregrinos, recordemos que en cada uno de ellos está el rostro de Cristo.

La conversión ecológica

En este año jubilar, de perdón, desgraciadamente seguimos con un panorama desolador, en el que ni el desastre de la guerra, ni el fenómeno climático, ni mucho menos la movilidad humana que hay en todas las regiones del mundo encuentran freno.

Ante esto, el papa Francisco primero y ahora el papa León XIV nos han llamado a ser parte de una conversión ecológica. Ojo: esto no significa tomar una moda pasajera de color verde. Implica algo más profundo: implica abrir nuestro corazón para escuchar el grito de los pobres, el grito de los vulnerables, el grito de nuestro propio planeta, que Dios nos dio para custodiar.

De hecho, esta conversión ecológica nos invita a impulsar, desde nuestros espacios, una ecología integral, que implica cuidar a nuestro planeta y cuidar a las personas más vulnerables, pues el grito del planeta es también el grito de los pobres y de los migrantes.

La crisis climática no es solo técnica, sino existencial, de justicia y dignidad. Ante esta realidad, la Iglesia no guardará silencio. Seguiremos elevando una voz profética hasta que todos colaboremos en sanar los tejidos socioambientales rotos.

La conversión ecológica, hermanos, tiene tres momentos: la conversión personal, la conversión comunitaria y la conversión social y estructural. Y desde la Iglesia impulsaremos que esta conversión permee en los tres ambientes.

Además, la Iglesia católica seguirá denunciando los crímenes de unos y la pasividad de otros; dando esperanza a los migrantes, refugiados y a quienes sufren el cambio climático para que, como los setenta y dos discípulos, podamos regresar un día al Señor llenos de alegría. Y, por supuesto, seguiremos también apoyando a los grupos vulnerables a través de las redes de Cáritas.

Dejar de usar la migración como arma ideológica

Quisiera aprovechar también este espacio para hacer un llamado, junto a nuestro pastor, el cardenal Carlos Aguiar, y junto a mis hermanos obispos auxiliares, para dejar de utilizar la migración como arma ideológica.

Vemos un serio problema cuando las dudas y miedos en torno a temáticas tan complejas como la migración condicionan nuestra forma de pensar y de actuar hasta el punto de convertirnos en seres intolerantes, cerrados y, quizás sin darnos cuenta, incluso racistas.

Quien quiere ser un discípulo misionero de Jesús construye puentes, derriba muros y siembra reconciliación. Por lo mismo, la Iglesia católica y nuestra arquidiócesis de México seguirán acompañando a nuestros hermanos migrantes y refugiados de manera integral, frente a aquellos que suscitan alarma y miedo.

Evitemos, pues, el uso político de los migrantes y refugiados y de quienes sufren por el cambio climático. No caigamos en las estrategias ideológicas y populistas, y extendamos los brazos para acoger a todos como hermanos.

El cuidado de la casa común

En este sábado de jubileo de Ecología también damos gracias a Dios por quienes trabajan en el campo del cuidado de la casa común en nuestra arquidiócesis y que nos van recordando que la ecología integral vive en cuatro dimensiones: con Dios, con los demás, con la naturaleza y con nosotros mismos.

Al estilo de san Francisco de Asís, cuya fiesta celebramos hoy, "la preocupación por la naturaleza, la justicia para los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior son inseparables".

Pongamos el cuidado de la vida en el centro: es posible sustituir la lógica extractivista por una economía del bien y del cuidado de la casa común. ¡Seamos semillas de un futuro nuevo!

El papa León XIV nos decía hace poco:

Dios nos preguntará algún día si hemos cultivado o cuidado el mundo que Él creó, para beneficio de todos y de las generaciones futuras, y si hemos cuidado de nuestros hermanos y hermanas. ¿Cuál será nuestra respuesta?

Comparto esta reflexión con ustedes para que la lleven a sus ambientes. Para que sensibilicemos nuestro entorno. Para que más manos se sumen a la tarea del cuidado de quienes más lo necesitan.

Queridos migrantes y refugiados, y queridos hermanos que trabajan en el cuidado de nuestra casa común o que han sufrido las consecuencias del cambio climático: recordemos que la esperanza es lo que le da al ser humano la fuerza en todas las circunstancias de su vida y la que, en medio del sufrimiento, la muerte o el dolor, le hace vislumbrar que hay siempre un futuro mejor.

San Agustín nos lo recuerda:

Sea tu esperanza el Señor Dios. No esperes ninguna otra cosa de Él; sea el mismo Señor tu esperanza.

(Comentario al salmo 39, 7).


Mons. Francisco Javier Acero Pérez, OAR Obispo auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México

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